agosto 23, 2026
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Por Redacción

Périgord Francés, 23 de agosto de 2026.- La casa de Benjamin Moser (Houston, 49 años) se encuentra cerca de las cuevas de Lascaux, en el Périgord francés. Desde hace 20 años, él y su pareja pasan meses en este entorno rodeados de glicinias, olivos, pinos, adelfas, una piscina y el canto de las cigarras. Moser, quien hizo el bachillerato en Francia y es cuatrilingüe, ha dedicado dos décadas a escribir su libro ‘El mundo del revés’ (Anagrama), obra que comenzó cuando se mudó a Holanda.

En ese periodo de 20 años, el autor también escribió las biografías de Clarice Lispector y Susan Sontag. Su carrera literaria dio un giro tras leer ‘La hora de la estrella’ de Lispector, texto que consideró “lo mejor que había leído en mi vida”. “Me obsesioné, fui a Brasil y quise hacerla famosa”, relata Moser. Dedicó cinco años al libro sobre la escritora, quien creció en Recife, y cobró 8.000 euros por ello. En aquel tiempo, vivía de traducir o escribir sobre un restaurante por 1.000 dólares. “Si eso no es pasión…”, señala.

Clarice Lispector le dio una carrera que le sirvió para que, con 25 años, le encargaran la biografía de Sontag, otra escritora judía. Respecto a su vida personal, Moser recuerda que conoció a su pareja, Arthur, cuando él tenía 23 años y trabajaba en una editorial de Nueva York, mientras que Arthur tenía 43. “La noche antes de conocer a Arthur leí su novela ‘El negro que tenía un corazón blanco’. Los libros reflejan cómo somos. Me fascinó”, explica. Sobre esa relación, afirma: “Pensé: es un anciano y… ¿por qué no?”.

Sobre el proceso creativo, Moser sostiene que “no se puede escribir sin pasión. Se puede sin transmitir, lo hace la inteligencia artificial. Pero el objetivo del arte es transmitir. Quieres que los lectores vean lo que tú ves”. Añade que su libro trata sobre “una cualidad del alma” y sobre “lo que un pintor muestra de sí mismo en su pintura”. El escritor también cuestiona ideas establecidas: “Crecí rodeado de ideas que parecen estables hasta que aprendes a no dar nada por hecho”, dice, citando el ejemplo de Arístides de Tebas, quien en 340 antes de Cristo fue el primero en representar sentimientos humanos en un rostro dibujando a una persona sonriendo.

Moser, quien vivió en Venezuela con 18 años, compara ese país con un escenario distópico: “Venezuela era como si hoy Dubái quedara paralizada y regresaras 30 años después”. Advierte sobre la concepción del progreso: “Los norteamericanos creemos en el progreso de la historia, no como el resto del mundo que sabe que es cíclica. Por eso nos va a destrozar lo que está pasando”. Entre sus anécdotas académicas, menciona que en la Universidad intentó aprender chino, idioma que decían era “del futuro”, pero fracasó. Pensó que sabiendo español y francés, el portugués sería más fácil, lo cual lo llevó a su encuentro con la literatura brasileña. Actualmente, asegura que estar en Francia “previene la demencia”.

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